viernes, 6 de abril de 2007

UN COLOMBIANO NO VUELVE A LA INDIA

Es difícil encontrar alguien que haya visitado la India, pero contrario a todo, se encontró, contó sus vivencias allí vividas y la impresión es que no todo es tan contrario a lo que muchos pueden imaginar.
Es un ingeniero agrónomo del Politécnico Jaime Isaza Cadavid, quien tuvo la oportunidad, basado en su tesis, de desarrollar una experiencia en la siembra de productos de clima cálido.
Un día, es contactado por medio de la universidad por un grupo hindú, quienes desean establecer cultivos de pepinillos en tierras colombianas. De esta manera, ofrecen un viaje a su país para que nuestro compatriota aprenda sobre técnicas, necesidades y además, conozca la cultura para la que trabajará.
Al saber la experiencia que tendría, no solo él estaba feliz, sino que todos sus amigos sintieron envidia, pues lo que nunca habrían soñado venía a ponerse a la orden de alguien cercano y que todos esperaban disfrutara.
Pues allí empezó la historia, ya que los contactos hindú no hablaban nada de español, así que la comunicación fue terrible y la necesidad de aprender al menos inglés necesaria, por lo que habría otra tarea por realizar.
Llega el momento del viaje y en el aeropuerto se aborda un hermoso y grandísimo avión, con una atención de lujo y que parecía vaticinar una placentera experiencia. Pero llegan a París y allí, empiezan los cambios, pues la aerolínea solo es una contratista hasta ese punto y de allí en adelante una empresa india seguirá el curso. Que sorpresa, ya que el nuevo avión parece lo que en nuestra tierra llamamos un camión escalera. Horrible no era la palabra, incomodidades y sufrimientos empezaron de allí en adelante, la espalda terminó adolorida y los pies casi no funcionaban al final del viaje.
Hay que aclarar, que tal como sucede en nuestro país, hay que saber donde llegar para conocer lugares bonitos, sin embargo, en la India hay rasgos propios de todo el país que no podrían ni esconderse así venga el rey de España, tal como hicieron en Medellín cuando vinieron a Santo Domingo (última estación del Metro Cable).
Fueron seis meses de continuo aprendizaje y no solo de siembra e idioma, sino de saber sortear experiencias con la comida y estilos de vida.
La alimentación es picante en todas sus presentaciones, al principio esto fue una novedad y el paladar estaba sorprendido, pero al final, el hambre huía al saber lo que le esperaba. Por esto, la gastritis se volvió una realidad, pues se prefería pasar días enteros sin comer que enfrentarse a esa poca diversidad gastronómica.
Pero esto no era todo, la pobreza fue la realidad más dura que hubiera preferido no haber visto. Que en Medellín también hay muchas personas pobres es cierto, pero en la India es una constante, además de la crudeza con la que hay que verla en sus calles. Cabe destacar que solo estuvo en lugares comunes, nunca visitó la periferia ni los barrios que en nuestra ciudad llamamos populares.
Esta historia no la contó en el parque Lleras del Poblado, mientras observa como mujeres lindas y el ambiente le llena el corazón. Abre sus manos y se para de la silla y dice que él por allá no vuelve, que esto no se ve allí, que nunca había extrañado tanto su tierra y que aunque no podrá vivir en Medellín, sino en la Costa del Pacífico, nunca querrá volver a visitar a sus amigos de la India.
La mejor síntesis que él hace de su viaje es que agradece la oportunidad a la vida por permitirle conocer otras culturas, pero que el desarrollo del que tanto hablan no es una realidad palpable para todos lo que allí habitan, que las condiciones de vida son tristes y desgarradoras.
Queda con la deuda de enviarnos fotos para que conozcamos lo que vivió, pero será más adelante cuando pueda organizar todo lo que la India trajo además de sus recuerdos y un dolor de espalada que todavía permanece hoy, después de dos semanas de haber vuelto.

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